miércoles, 12 de junio de 2013

15:45

Estaciones llenas de miradas que no ven y palabras que no interesan.

Sigue sentada en el banco. Con el mismo café que ayer. Con el mismo traje que ayer. Las ojeras un poco más marcadas.

El periódico de hoy, un poco más desfasado que el de ayer.

La gente se cruza con ella, que a veces recoge los pies para que no tropiecen. A veces. Miran, pero no ven.

El tren de las 15:45 hace salir su periódico volando. Lo recoge, como cada día, dos andenes más atrás.

"¿A qué hora llega su tren?"

No; el suyo no llega.

sábado, 8 de junio de 2013

De cómo mueren las flores y otros secretos de 3ª planta (III)

Y sus ojos azules.
Aquel tono celeste, que recordaba a un reflejo transparente del cielo, siempre me pareció terriblemente antinatural, como si ella pudiese provocar aquel color por propia voluntad. En realidad, tardé bastante en descubrir que era exactamente eso lo que ocurría; pero de nuevo, me estoy adelantando.

Me despertó la infinita sombra de su figura, apartando el sol que, a través de una minúscula ventana, había asumido el papel de mi manta en el polvoriento rellano.

viernes, 7 de junio de 2013

Peter Pan

-Qué niña tan guapa, ¡y cuánto ha crecido!

Amelia estaba harta de oír aquello, siempre la misma cantinela. Estaba segura de que esa gente apenas se acordaba de ella, a la mayoría los había visto sólo una vez, a veces siendo tan sólo un bebé. Pero todos decían lo mismo, como si realmente les sorprendiese que una niña creciese.
Ella no hablaba mucho, la gente decía que era muy tímida, pero en realidad no le importaba hablar. Sólo era que prefería escuchar.
Escuchaba siempre, todo. Había muchas cosas que no entendía, cosas que sólo se imaginaba, y montones de historias que sólo sabía a medias. Pero escuchando se aprende mucho de la gente, y quizás no fue lo primero, pero sí lo más importante que aprendió Amelia, es que la gente mentía. Había quien mentía sobre cosas importantes, gente que mentía por miedo, por no hacer daño a los demás... pero muchas veces, casi todas, la gente mentía sin necesidad. Porque era cansado explicar la verdad, porque les parecía que la verdad era menos creíble que la mentira, y a veces, sin ninguna razón.
Como aquella gente que le decía que ya casi era una mujer; mentirosos.

Amelia, harta de las mentiras, decidió dejar de crecer.

Aún mucho tiempo después, podía oír de vez en cuando aquello de "qué mayor estás", pero según fueron pasando los años, la gente cada vez lo decía menos. Había quienes ya la miraban extrañados, pero jamás decían nada sobre la niña que nunca dejaba de serlo.
Tardó algún tiempo en entender aquello: ¿por qué nadie le decía lo pequeña que era, lo poco que cambiaba?  Por lo visto la gente consideraba peor aquella verdad que la antigua mentira.

Cuando Amelia cumplió los veinte años, aún nadie (ni doctores reales ni proféticos embaucadores) había sido capaz de explicar por qué aquella niña no envejecía.

"Creceré cuando para ser mayor no haya que mentir".

Fue su única explicación.

Cincuenta años después, sus pequeños pies caminaban al ritmo de la vida del psiquiátrico. Ya casi nadie recordaba cómo o cuándo había llegado allí. La gente iba y venía, llegaban, se jubilaban, y ella seguía allí, sin envejecer.
O al menos, su cuerpo no envejecía. Amelia había seguido escuchando, aprendiendo, y a pesar de ser sólo una niña, sabía más cosas que cualquiera de los doctores que pretendían guiar su cordura. Sabía que las hormigas no duermen, los cocodrilos no pueden sacar la lengua, y que el primer termómetro utilizaba Brandy; sabía que no existen los locos, y que todo el mundo miente.

martes, 28 de mayo de 2013

Se me perdió Abril

A veces nos pasan cosas que son inexplicables.
Y ella era una de esas cosas.

Hoy te recuerdo bajo una tarde amarilla, cubierta de flores blancas que temías que el viento se llevase.
Hoy recuerdo el color de tu pelo cubriendo las nubes, borrándolo todo. Te recuerdo a un volumen tan alto que no entiendo como los demás no lo escuchan.
Ha pasado otro Marzo y pensé que ya no seguirías aquí; no sabía si sentir alivio o pena. Pero al final regresaste, al final siempre regresas. Ya dudo si algún día conseguirás marcharte.
Mientras tanto, yo cuido tu recuerdo y lo pinto de colores que ya no sé si fueron o me los invento. No sé si tu pelo era tan dorado ni tus ojos brillaban tanto. Pero independientemente del color, no quiero dejar de tenerte a mi lado, aunque tenga que abrazarte sin que estés. No quiero que dejes de estar, aunque ahora seas sólo el recuerdo de una nube dorada cubriendo el cielo, una espalda recortada contra el mar, y esta mancha gris en mi esternón. Aunque ya no logre recordar tu cara.
Y al llegar a ese punto, todo se enturbia y regresa al blanco y negro, y tú vuelves a no estar. Y yo regreso al mar y ya no hay flores, ni una sonrisa que me tape las nubes.
Hoy te recuerdo tan fuerte que duele.
Hoy, y cada día.

La silueta de tu espalda cuando, sentada en el rompeolas, fundías tus ojos con el mar.



...Hace ya cuatro años y dos meses tarde.

sábado, 4 de mayo de 2013

Flash


Hoy por fin he descubierto al monstruo que habita debajo de mi cama, ese que por las noches me hacía subir las sábanas hasta taparme la cabeza.

Hay quien dice que nuestros monstruos somos nosotros mismos, pero en realidad, casi nadie cree en los monstruos desde que deja el colegio. Quizá en el colegio, al final, sólo nos enseñan unas verdades nuevas,  distintas a las que nosotros hemos descubierto, para que así todo el mundo sepa lo mismo, piense lo mismo, y tenga miedo a lo mismo. “Los monstruos no existen, son sólo un producto de tu imaginación”. Pues bien, yo lo he visto.


Me bajé de la cama, deslizándome en silencio, al escuchar un ruido extraño. En un principio pensé que quizás fuese el gato, pero yo nunca he tenido ningún gato. Y al doblar la esquina de la sábana, que caía hasta el suelo, lo descubrí ahí agachado: una figura achaparrada y grisácea, con la piel rugosa cubierta de bultos y sombras. Desprendía un olor raro, como a lirios. Asustada, me eché hacia atrás; en realidad jamás esperé encontrarme nada allí, no sabría explicar por qué había mirado. Pero el caso es que ahí estaba mi monstruo, y yo no sabía qué hacer. Eché la mano a un lado y me armé con lo primero que encontré, sin pararme a pensar que una botella de agua no era el mejor sistema de defensa. Me arrastré de nuevo hasta la cama, intentando no hacer ruido, aunque tenía la impresión de que los latidos de mi corazón se podían oír a manzanas de distancia. Y cuando levanté de nuevo el borde de la sábana, botella en ristre, dispuesta a atacar a aquel ser, allí estabas tú, mirándome.

Claro que tú no estabas allí, pero aquella criatura, fuese lo que fuese, eras tú. Tenía tu cara, en una extraña combinación con aquella piel ajada, pero no era sólo eso; tenía tus gestos, tu expresión en el rostro… tu forma de mirar. Me clavaste, o más bien me clavó, aquellos ojos horrorizados, como si le sorprendiese encontrarme allí, en mi propia habitación, como si realmente temiese mi ataque. Pero para entonces, la confusión había apartado de mi mente todo instinto de supervivencia. No comprendía aquello. Realmente era un monstruo; eras tú. No podía dejar de verte mirándome, aunque me repitiese a mí misma que no estabas bajo aquel rostro.
Y aún aturdida, sin ser realmente consciente, me vi extendiendo la mano hacia ti, hacia tu cara. Quería saber si tenía tu tacto, si se parecía a ti o si realmente… Pero antes de poder ponerle un dedo encima, un flash demasiado brillante envolvió durante un segundo la habitación, y mis manos ya sólo alcanzaron a tocar un líquido frío. El monstruo había desaparecido, dejando bajo mi cama sólo un enorme charco de agua. Agua salada, descubrí al restregarme el rostro con las manos aún mojadas.

No recuerdo si volví a la cama o me quedé dormida según estaba, pero sé que al ir a levantarme, mis pies se hundieron en un charco bajo mi cama. Y desde entonces, ocurre lo mismo cada mañana. No importa lo bien que seque el suelo o que revisen las cañerías; “ahí no hay ninguna fuga, no debería aparecer más ese charco”, pero ahí está, cada mañana. Como si quisiese recordarme cada día lo que pasó, para que nunca olvide tu rostro rodeado de la piel de un monstruo. Y todos los días salgo de casa con los pies aún húmedos, recordándome a cada paso el agua salada, el olor a lirios.

Pero ahora, cuando te veo, ya no logro apartar la mirada. Ahora mis ojos se clavan en los tuyos, esperando ver aquella expresión horrorizada, aquel temor a que ataque. Aún mantengo la esperanza de que, el día menos pensado, desaparezcas bajo un flash de luz.