viernes, 13 de enero de 2012

Desde la orilla.

Me gustaba pensar que tarde o temprano, regresarías. Que el destino me llevaría a tu puerta o que, tal vez, algún día te acordarías de mí y te darías cuenta de que en algún rincón recóndito en tu interior, tú también me habías estado echando de menos.
Sin embargo, las ausencias afiladas fueron rasgando mi piel, poco a poco, hasta romperme por completo.

Huí a refugiarme en el mar, donde todo había empezado, pero allí ya no quedaba nada, y regresé a la orilla dejándome llevar por las olas, que con la resaca arrastraron la sangre invisible. Y a ti.

Se llevaron la culpa y las lágrimas derramadas sobre una almohada tejida con falsas esperanzas.

Y cada noche, cuando golpeo el espejo que olvidó tu reflejo, son tus manos las que sangran, y no las mías.


jueves, 12 de enero de 2012

Parecidos razonables.

Parecidos razonables...
Entre yo y una bala perdida.
Disparada sin cuidado, en cualquier dirección. Volando en busca de algún objetivo al azar.
¿Y cómo quieres que no siga al viento?
Si lo único que me dejaste antes de obligarme a perderme fue un beso grabado en metal.
Si me dejaste en medio de ninguna parte, con promesas de nada.
Y ahora no sé continuar.
...Supongo que este cuento, también acaba mal.

lunes, 9 de enero de 2012

La vida secreta de las mentiras

¿Tan mal se me daba ser yo?

Miró al cielo desde sus ojos azules, del color de quien no sabe llorar. ¿De verdad había algo allí arriba? Nunca lo había creído, pero ahora, era todo lo que la quedaba.
Si de verdad no había nada, ¿por qué seguir adelante?
Había gastado su vida entregando su alma a todo aquel que le mostraba apenas un atisbo de la suya, y con el tiempo, todo había desaparecido. Los grandes amores que nunca fueron tales, aquellos amigos que siempre estarían allí... y ella.

Saber que no puedo culpar a nadie por no quererme; que eso es más de lo que merezco.
Que no vale la pena esforzarse por ser mejor.

Porque parecía que los colores se habían ido tras sus pasos. Los olores se atenuaban al no poder escuchar su respiración.
Se había llevado consigo la parte de mundo que le pertenecía.
Y sólo la había dejado de recuerdo aquella sensación de que su cuerpo estaba vacío.

En realidad lo que me duele es haber aprendido lo que siempre supe y nunca quise creer.

Porque no podía ser verdad que no la fuese a volver a ver.

domingo, 8 de enero de 2012

{Nada}

No es que yo te quiera más que nunca...

{Pero por las noches eres tú quien me espera tras los párpados}.

{Pero cuando todo se viene abajo, es tu mano la que busco para evitar caer}.

Y no es que tú hoy me quieras menos que ayer...

{Pero sabes que sé que no me olvidas por amor a un recuerdo}.

{Pero sabes que yo ya no te puedo salvar}.

Igual es sólo que a los dos se nos ha olvidado cómo se engañaba a la felicidad.

Dolls stuff

Pasaba las horas mirando la calle desde su ventana. Día tras día, decenas de niños salían a correr, a jugar; trepaban torpemente a los árboles del parque, perseguían a los perros callejeros y jugaban a la pelota. Niños grandes y pequeños, de todas las familias y condiciones, niños como él; casi como él.
Cada noche se soñaba a sí mismo, al día siguiente, jugando con los demás; y cada mañana, al despertar, el espacio que debía haber ocupado su pierna izquierda le recordaba que él sólo era casi como todos los demás.
Podría haber salido con ellos, antes solía hacerlo, hasta que se cansó de las miradas descaradas, de los comentarios susurrados. Se cansó de ser siempre el árbitro del partido y el juez de las carreras; de ser quien cuidaba las cosas sentado en algún portal mientras el resto vivía las aventuras que luego le relataban.
Su hermana agradeció que no quisiese salir. Una preocupación menos, sin duda.
Qué poco la aguantaba... Para ella, él sólo era eso: un problema, un incordio. Lo trataba como a un bebé, si no como a una niña, y no esperaba de él más de lo que alguien esperaría de una planta de interior. Y por si fuera poco, por su último cumpleaños, apenas dos días atrás, le había regalado una muñeca de trapo.
La muñeca le miraba con su sonrisa idiota desde la estantería que había frente a su cama, sin culpa de haber sido regalada a un niño, pero con todo el odio clavado en su inerte ser. Cada vez que se enfadaba, que no soportaba más su encierro, a su familia, era aquella estúpida muñeca quien recibía los puñetazos y los mordiscos... Siempre con aquella inconsciente sonrisa, como si sólo pudiese alegrarse por no recibir además, patadas.
Puede que hasta la muñeca estuviese harta -pensó en un alarde de infantil inocencia cuando una noche, antes de irse a dormir, vio que uno de sus bracitos de trapo estaba a punto de desprenderse. No consiguió arreglarlo, nunca se le había dado bien coser, y muy a su pesar, tuvo que aguantar las risas de su hermana cuando le pidió que la remendase.
Sin embargo, cuando despertó a la mañana siguiente, la muñeca estaba en su cama, junto a él, mirándolo con su misma sonrisa idiota de siempre. Y aunque siguió cobrándose la peor parte de sus desilusiones, al menos desde entonces, la muñeca dormía a su lado.
Pero llegó el día en que la muñeca no pudo más, y dejó de sonreír. O quizás fuese que él había matado a golpes todos sus desengaños.
Aunque hay quien asegura que no tuvo nada que ver con eso, sino más bien con una muñeca nueva, una que su hermana dejó a escondidas una noche en su habitación, a bien seguro para reírse de él, pero que no logró el efecto deseado.
Porque quien tiene una muñeca sucia y rota a la que poder culpar cuando todo va mal, nunca elegirá dormir con ella, que le recuerda cada noche lo que quiere ser borrado, sino con la pequeña muñeca nueva, que cada noche lo abraza antes de dormir, para recordarle que ella no puede ser golpeada.